Pintado con meticuloso esmero por Jean Siméon Chardin en 1730, este cuadro de pequeñas dimensiones es un bodegón muy hermoso.
Su construcción piramidal presenta trozos de carne colgados en una cocina. Por debajo, utensilios de terracota y de cobre brindan un inteligente juego de materiales y luces. Para estructurar mejor el lienzo, el artista salpica la composición con toques blancos, sobre todo con ayuda del paño de cocina y los puerros.
En el siglo XVIII, las depuradas composiciones de Chardin experimentaron un gran éxito. En 1728, el jurado de la Real Academia de Pintura y Escultura consideró que su trabajo era de un realismo impresionante y lo admitió como miembro. Diderot, gran admirador de su arte, lo tildó de «gran mago», e invitó a los pintores a observar sus obras para aprender sobre la naturaleza. Oficialmente pintor de bodegones, Chardin no abordó la figura humana hasta 1730. Sus lienzos de esa época se consideran imprescindibles. Ocurre por ejemplo con La Bendición y El Aseo matinal, que evocan momentos íntimos de la existencia, en consonancia con sus bodegones, que sugieren, sin mostrarla, la presencia humana.