Auguste Renoir, figura destacada del impresionismo, se instaló en sus últimos años a orillas del Mediterráneo, en su finca de Cagnes-sur-Mer.
Afectado por una parálisis, realizó pequeños bodegones donde expresó todo su fervor por la Pintura. Representan revoltijos de flores, frutas, ramos de rosas o fresas, como en esta ocasión, simplemente desparramados sobre un mantel blanco. En estos temas modestos, Renoir exalta la vida, con una factura flexible y amortiguada. Utiliza colores brillantes y alegres que concuerdan con el mundo que lo rodea. En palabras del propio artista: «¿No es la función de la Pintura decorar las paredes? Pues entonces debe ser lo más exuberante posible. Para mí, un cuadro tiene que ser adorable, alegre y bonito… ¡Sí, bonito!». El pintor y teórico Maurice Denis resume el nuevo espíritu de la pintura de Renoir de la siguiente manera: «¿Idealista? ¿Naturalista? Como prefieran. Supo limitarse a materializar sus emociones, toda la naturaleza y todos los ensueños, con sus propios procedimientos. Compuso con la alegría de sus ojos, maravillosos ramilletes de mujeres y flores».