En 1918, Pablo Picasso se casa con Olga Jojlova, una de las bailarinas de los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev. En esta fecha, se estaba preparando en Roma el ballet Parade, con la participación de muchos artistas: el argumento corría a cargo de Jean Cocteau, la música era de Erik Satie, la coreografía de Léonide Massine, y Picasso se ocupaba de los decorados y el vestuario.
Desde entonces, el artista pintó muchos retratos de Olga y, más adelante, también de su hijo Paulo, nacido en 1921. En contraste con los bodegones cubistas de esa misma época, estos retratos sorprendieron a los contemporáneos por su factura clásica, con arreglo a lo que se ha denominado el estilo ingresco. De hecho, la rigidez del esquema lineal, el óvalo de la cara, la curvatura de los hombros, las manos y los ojos recuerdan a Ingres. Ciertamente, Picasso se vuelve a confrontar con el gran maestro, así como a Renoir. Ambos ya habían estimulado su inspiración en sus primeras obras de los períodos azul y rosa. Olga aparece aquí leyendo un libreto, situado en el centro de la composición. Su recogimiento la relaciona con algunas representaciones renacentistas italianas de la Virgen con el Niño leyendo.