El 7 de diciembre de 1870 fue un día aciago para esta obra de Delacroix, encargada para la Exposición Universal de 1855. El incendio que arrasó el Ayuntamiento de Burdeos también destruyó el tercio superior del cuadro. Algunos bocetos y copias, y sobre todo una de Odilon Redon, nos permiten intuir hoy en día en la parte superior a los dos jinetes desaparecidos. Delacroix, que había estudiado los cuadros de caza de Rubens, estaba fascinado por la temática de los leones. El escenario que construye aquí posee una dimensión espectacular.
El pintor, al igual que su amigo el escultor Barye, cuyas obras de bronce podrá usted contemplar en las vitrinas, visitaba con asiduidad el Jardín Botánico de París. Sus repetidas visitas le permitieron captar la tremenda fuerza de los animales salvajes, su ferocidad y su musculatura, además el color de su pelaje, e hicieron aflorar en él un arte animalístico más auténtico y elocuente. El cielo azul de ambos extremos de la composición, al igual que los colores vivos, reafirman las palabras de Baudelaire sobre la obra: «La caza de los leones es una auténtica explosión de colores».
Este cuadro sintetiza tres temas que Delacroix apreciaba: el orientalismo, la confrontación y los animales. El dramatismo del tema, el movimiento tumultuoso, la pincelada espontánea y los colores tornasolados convierten este cuadro en un manifiesto del arte romántico.