El museo ha invitado al director de cine Patrice Leconte, gran admirador del pintor de origen bordelés Albert Marquet, a hablarles sobre la obra titulada «Jardín en Pyla».
A Albert Marquet no le gustaba que la gente le viera pintar, le incomodaba. Por eso, los retratos en formato tres cuartos se ven en un plano picado, porque los pintaba desde la terraza de su hotel, desde el chalé que hubiera alquilado o desde su piso en el Quai des Grands Augustins.
Al menos en un balcón disponía de auténtica paz. Nadie podía asomarse por encima de su hombro para comentar su trabajo. Su Jardín en Pyla no es ninguna excepción a esta regla. Marquet lo pintó desde una perspectiva superior al paisaje. Lo que siempre resulta impresionante es la forma en que bosquejaba los contenidos, como si fueran bocetos realizados con un pincel. De joven, se sentaba en la terraza de una cafetería con su amigo Henri Matisse y competía con él a ver quién tardaba menos en hacer un croquis, utilizando como modelos a los transeúntes o a los vendedores ambulantes.
Esa velocidad se refleja en este lienzo. Si nos acercamos a él, nos damos cuenta de que los bañistas, la mujer de espaldas o las embarcaciones que se ven a lo lejos, apenas están esbozados. Es como si Marquet se apegara a lo esencial, lo que es el colmo del talento, cuando otros artistas minuciosos se sienten cómodos centrándose en tantos detalles inútiles.
Y luego, por último, está ese gusto por el color, las sombras y la luz. Y uno puede preguntarse si Marquet pintó primero el mar, y luego añadió los árboles, o si fue al revés. Y si mira desde más cerca, verá que primero pintó la vegetación y luego rellenó los espacios vacíos con el azul del mar.
Definitivamente, Albert Marquet no era un artista convencional.